5 de enero de 2010

La provocación


Fue la excusa, la provocación. Ese abismo que separa a un padre de su hijo cuando este último es un adolescente, y odia todo lo que su papá disfruta.

Sando fue ese par de patillas y esa música sin sentido por la que mi viejo se peleaba con el suyo. Era la plata mal gastada en discos de vinilo, los mismos que su hermano prestaba y nunca recuperaba. Esos que juntaron tierra junto a los de Creedence Clearwater Revival, y que alguna vez, muchos años después, sonaron en ese viejo tocadiscos Winco de un solo parlante, destartalado, que ponía música con ruido a las tardes de sábado, con mate y tortas fritas. Y yo sin entender quién carajo era Sandro. Y por eso jugaba a que no me guste, porque a mi viejo sí le gustaba. Y jugaba a criticarlo, como criticaba a Leonardo Favio y a todo aquel que estuviese en la lista de buena fe paterna.

Y como esa frase que dice algo así como que cuando uno es adolescente los padres no saben nada, pero cuando uno es grande se da cuenta cuánto sabe el viejo, un día encontré al Sandro cantante, poeta, compositor, artista del temblequeo, el fumador enfermo, eterno seductor y coleccionista de bombachones.
El tipo sabía, de verdad.
¿Habrá quedado alguna canción genial perdida por ahí? ¿Algunos acordes grabados en un viejo cassette para resucitar y hacer la gran John Lennon por un rato? Cada vez que se muere un gigante como éste no puedo evitar preguntarme cosas así. Quizás sea mejor pensar en las canciones que quedaron, las que no se van ni con cien adolescentes rebeldes que tengan ganas de pelear con su papá. 
Mejor dejarlo ir, sin meditar.