12 de noviembre de 2009

Decibeles, música y negocios

El problema de las limitaciones de sonido para los conciertos de rock, evidenciado en la última edición del Pepsi Music, da mucha tela para cortar. Por la denuncia de una vecina del Club Ciudad de Buenos Aires, se decidió limitar a 95 los decibeles que se deben percibir desde el mangrullo. Un límite ridículo, sobre todo cuando se lo compara con los 90 decibeles que se pueden sentir en cualquier esquina del microcentro porteño en hora pico. Otra medida que no aporta una solución verdadera a este problema estructural que sufre Buenos Aires.




Para el gobierno de Mauricio Macri la cuestión parece pasar por limitar sólo a los artistas de rock. Cuando el pastor Luis Palau -un argentino radicado en EEUU que promueve la mano dura y tiene antecedentes de haber apoyado a gobiernos de facto- realizó un acto en plena Avenida 9 de Julio, pareció no molestarle el corte de calle, ni el ruido, ni los embotellamientos que se generaron.

El reclamo de Ricardo Mollo del sábado pasado -"Tendremos que buscar lugares donde se pueda tocar a volumen de rock"- dejó nuevamente en evidencia que Buenos Aires carece de lugares para realizar este tipo de eventos. Hablamos de una ciudad conocida por su amplia vida nocturna y donde existen muchísimas bandas, que muy a su pesar se acostumbraron a tocar en lugares de mierda y a aceptar que esa es la única manera de dar a conocer su música.

AC/DC tendrá que tocar con estas restricciones? Metallica sufrirá lo mismo en enero? Habrá que conformarse con tener un Luna Park y no un Madison Square Garden? De a poco, muy de a poco, hay gente que va levantando la voz.

Es una lástima que la decisión esté en manos de unas pocas personas para las cuales primero está el negocio, después el negocio y, a lo último, la música.
Silencio pidieron los jueces, los curas y los idiotas, no la gente.